BRIDGES - TO/FROM - CUBA

Lifting the Emotional Embargo

Extremaunción

October 4, 2017

Ir a Cuba para visitar a los muertos que descansan en los cementerios de la Isla se ha convertido en un ritual común entre los cubanoamericanos. En el ensayo “Extremaunción”, Carlos Rafael Gómez recuerda con emoción la búsqueda de la lápida de su bisabuela en el cementerio de Colón con la ayuda de un obrero del cementerio, que simplemente le dice: “Sé lo importante que es la familia”. Es cuando Carlos toma conciencia de que tiene que ofrecer un último sacramento para honrar la memoria de su padre, quien le dejó un legado de silencio y pesar por Cuba. Nos complace presentar esta bella pieza de Carlos, quien fue a Cuba por primera vez en julio de 2017, en un viaje de la Fundación CubaOne, enfocado en la literatura y las artes, que condujimos nosotros dos. CubaOne ofrece a los jóvenes cubanoamericanos la oportunidad única de viajar a Cuba en una primera visita y aprender sobre la historia y la cultura de la Isla a través de la inmersión en la vida cotidiana y la interacción estrecha con otros cubanos que comparten intereses comunes. Nos quedamos impactados por las historias profundamente emotivas que surgieron entre los participantes de este viaje y esperamos poder presentar otros ensayos en el futuro escritos por participantes del grupo CubaOne.
Abrazos,
Ruth y Richard


por Carlos Rafael Gomez

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En junio de 2017, tres semanas antes de viajar a Cuba por primera vez, recibí un paquete por correo de mi hermana mayor, Mariela. Era el diario de mi padre, del cual supe tras su muerte, pero nunca lo había leído. Consiste principalmente de notas de trabajo y contactos, pero una de las entradas es el comienzo de un relato basado en su abuela —mi bisabuela— Berta Arocena de Martínez Márquez.

My great-grandfather, Guillermo Martínez Márquez, and great-grandmother Berta Arocena de Martínez Márquez

Titulado “Extremaunción”, la historia comienza en el lecho de muerte de la abuela del narrador. Retratada como obstinada y profundamente comprometida con la Cuba indígena, rechaza la absolución del sacerdote, golpeando su frasco de aceites cuando responde, en la afirmativa, a su última pregunta en la tierra:

—¿Hay españoles en el Cielo? ¡Entonces déjeme ir al infierno!” —dice ella—. ¡Por lo menos allí podré ver sufrir a los españoles!

Mariela llamó al día siguiente para ver si el diario había llegado, y hablamos de nuestro padre y de nuestra bisabuela. Ninguno de los dos la conoció jamás, como tampoco la conoció mi padre, ya que ella murió dos años antes de que él naciera, por lo que es fácil tomar la ficción como un hecho, sobre todo porque los grandes contornos de su carácter se ajustan a lo que sabemos: que nació en Cuba, que era terca y de principios, que tenía un acento gallego.

Mariela dijo que nuestro padre siempre se había identificado con su abuela, o al menos con su depresión. Que todos los años pasaba una mala racha que duraba meses, casi en coma en su sillón, o se las pasaba llorando frente al aire acondicionado. Que ella describía su mente como una enjambre de alambres y un enredillo de pelos, y que la resultante terapia de electroshock era como un peine que se la enderezaba. Que repitió el mismo ciclo casi todos los años hasta su muerte en 1956.

Cuando llegué a La Habana, traté de encontrar la casa de mi bisabuela, donde crió a mi abuela y donde mi abuela, a su vez, crió a mi padre los dos primeros años de su vida. “Calle 27, Número 2210, entre 22 y 26, “, le dije al conductor, leyendo la dirección que me había dado mi abuela, también llamada Berta.

—¿Miramar o Vedado?, —preguntó.

Y cuando le dije que no estaba seguro consultó a su amigo, que se montó en el carro —un Buick del 58 según me dijeron— para confirmar que dos barrios de La Habana tienen esas mismas calles. Escogí El Vedado, ya que estaba más cerca, y cinco minutos más tarde estaba en una calle de adoquines donde nadie había oído hablar del número 2210. Los números de las casas estaban por el 600, y cuando traté de avanzar, me detuvo un muro amarillo. Era el cementerio de Colón, uno de los sitios arquitectónicos más famosos de Cuba y el supuesto lugar de descanso de mi bisabuela.

My grandfather Julian Rafael Gomez and grandmother Berta Martínez Gomez

Recientemente, la prima de mi padre, Ani, me dijo que cuando ella fue a Cuba, en 2005, una empleada en Colón reconoció el nombre de su abuela y la llevó a lo que prometió ser la sepultura de Berta Arocena, una tumba sin nombre, bajo otra tumba marcada de Eleuterio Martínez y familia, 1952. “Mi abuela duda que su madre esté enterrada allí, al menos ya no. Ella fue quien me hizo el cuento de que Castro exhumó la mayoría de los cuerpos cuando tomó el poder, ya que los cementerios privados eran antitéticos a los ideales comunistas. Lo dijo con una ligera pero profunda amargura, ignorando completamente la verdadera explicación: que varios años después del sepelio, es costumbre en los cementerios católicos traspasar los huesos del fallecido a un osario. De cualquier manera, es posible que la tumba esté vacía o que la hayan vuelto a usar.

Cuando Ani visitó Colón, tomó dos fotos de la tumba y estas eran mis únicas referencias para encontrarla. Estuve buscando un sarcófago de piedra blanca con asas de hierro fundido y una cruz en relieve en su parte superior. Lo que vine a descubrir es que Colón es un cuadriculado de 140 acres repleto de sarcófagos de piedra blanca con asas de hierro fundido y cruces en relieve.

Una hora después, con la camisa y el short empapados de sudor, tres hombres más familiarizados con el cementerio se pasaban mi teléfono mientras discutían sobre los limitados indicios de las fotos: los edificios en el fondo, la distancia aproximada a la que Ani estaba situada, hasta qué punto habría cambiado la vegetación desde 2005. Eventualmente, cancelé la búsqueda y dejé mi dirección de correo electrónico con uno de los hombres, Ramsés, quien dijo que intentaría de nuevo esa noche. Le insté que no: “No estoy seguro de que sea su sepultura”, pero él estaba decidido, diciendo que tenía un amigo que trabajaba en la oficina de los archivos del cementerio y que podría ayudar tras la hora del cierre.

Mi padre no tiene ni sarcófago ni lápida. Fue incinerado, y Mariela fue sola a nuestra vieja casa para esparcir sus cenizas bajo del arce japonés. Él lo plantó cuando yo nací, el 13 de junio de 1991, fecha que resultó ser justo diecinueve años al día antes de él morir.

Al día siguiente recibí un correo electrónico de Ramsés. Había hallado la tumba, y cuando me encontré con él en el cementerio me regaló un ramo de flores mixtas (marfil, magenta, ocre) para ponérselas. “I know how important family is”, dijo en un inglés vacilante, y le di las gracias en mi español vacilante mientras me guiaba por las filas de idénticas lápidas. Cuando llegamos a la de mi bisabuela, Ramsés me dijo que me daría un momento a solas. Repitió: “Sé lo importante que es la familia”. No le dije que nunca había conocido a mi bisabuela y que yo estaba allí primordialmente por mi padre. Como quiera que sea, el sentir venía al caso.

Ramses and me

La semana previa, mientras preparaba las maletas para irme a Cuba, se me ocurrió que debía traer algo de mi padre. Nunca volvió a la Isla, de manera que arranqué una página de su diario, la doblé en cuatro y me la metí en el bolsillo. Me acompañó por todas partes esa semana: en el avión rumbo al aeropuerto José Martí, en el ferry de Regla, en el Buick del 58 y junto a la tumba que seguramente no era de su abuela, pero que igual besé y coloqué las flores. Finalmente, el día en que me iba, llevé esa página a la casa en la que nació: el número 2210 de la Avenida 17 en Miramar, no en El Vedado. Me faltaba solo una cosa más por hacer.

Un hombre nervudo y de pelo blanco estaba sentado al frente, y me disculpé por molestarlo, explicando que esta había sido la casa de mi familia. “¿Martínez Márquez?” Sin levantarse ni hablar, me señaló una pequeña placa que decía “Cristóbal Martínez Márquez – Arquitecto – 1911” y gesticuló vagamente abarcando la propiedad. Tomé esto como una invitación a mirar por sus alrededores, pero sin entrar.

La casa es de colores crema y rosado con losas rojas españolas, y hay un árbol de mamey que brinda su sombra a la mayor parte del patio. Mi abuela me había dicho que mi padre solía jugar aquí, y se me hizo extraño imaginarlo de bebé gateando sobre estas losas, mofletudo y con ojos inocentes, sin saber que 52 años más tarde se sentiría suficientemente harto de su vida como para ponerle fin.

2210 Avenue 17 in Miramar

Cuando mi padre murió, no fui con Mariela a esparcir sus cenizas porque su funeral había sido suficientemente una ceremonia por una vida arrojada por voluntad propia. Y además, me parecía inútil, como poner flores sobre una tumba vacía.

Ahora, siete años más tarde, saqué y desdoblé aquella página de su diario, fechada el 9 de abril de 2009, un año, dos meses y cuatro días antes de su muerte. La tinta se había corrido a lo largo de los pliegues, y el papel en sí se había endurecido y arrugado por estos días de sudor, ahora seco. Me arrodillé y la puse sobre la piedra caliente, asegurándome de estar solo antes de prenderle fuego. Apenas llegó a arder sin hacer llama, apenas un filo en brazas que avanzaba por la página, haciendo que se enroscara sobre sí misma como una hoja seca. La página se deshizo cuando intenté recogerla, así que soplé las cenizas al aire, donde las vi flotar, dispersarse y desaparecer.

Carlos Rafael Gomez is a writer living in Los Angeles. Originally from Charlottesville, Virginia, he graduated Yale University in 2013 with a degree in English literature and creative writing. His work has been published in Cutthroat, Whurk and other publications. He is currently working on his first book, a memoir about his father.

Eduardo Aparicio es traductor, escritor y fotógrafo. Nació en Guanabacoa, Cuba, y reside en Austin, Texas.

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