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El atlas de mi memoria

Dec 31, 2016

Nacida en La Habana en una familia judía sefardí y criada en la pequeña ciudad de Lakeland, Florida, la historia de Elisa Albo es bastante única. En el texto de este mes, ella considera las muchas capas y preguntas que dan forma a la identidad individual. Mediante un recorrido por tres generaciones, explora cómo las travesías de inmigrantes, el lenguaje y la mezcla del derecho de nacimiento, la cultura y la religión nos definen en un momento dado. Al entrar en un nuevo año lleno de posibilidades esperanzadoras, la historia de Elisa nos recuerda la relatividad de nuestra identidad que puede cambiar con el tiempo, moldeada por las fuerzas de la historia, a la vez que se aferra a los legados ancestrales de generación en generación.


por Elisa Albo

Cuando los estudiantes en el diverso plantel universitario de Broward College, situado en el sur de la Florida, donde llevo enseñando veinticinco años, me preguntan de dónde soy, me quedo momentáneamente perpleja. Es una historia larga y compleja, una que deshilvano en un poema titulado “Cuba: Una geobiografía”, palabra que inventé para describir de dónde vengo, cuál es mi cultura, quién soy. Comienza el poema: “Nací en una isla que nunca he conocido”, es decir, nací en La Habana en 1960, pero salimos de Cuba cuando tenía solamente 18 meses. ¿Es solamente mi lugar de nacimiento lo que apunta a quién soy? Yo también nací judía sefardí cuya ascendencia se remonta a Turquía y aún más atrás a España antes de la Inquisición. ¿Es ser judía lo que me define? ¿Y qué son mis hijas que nacieron en Miami Beach? Estas cuestiones de identidad de lugar y trayectoria van el corazón mismo de mi geobiografía.

Elisa Albo a los cuatro meses, con sus padres en Cuba.
Elisa Albo a los cuatro meses, con sus padres en Cuba.

Después de irnos de Cuba pasamos un año en Tampa, sobrevivimos un invierno en Pensilvania, y vivimos tres años en Gainesville antes de instalarnos finalmente en Lakeland, un pueblo muy sureño, a mitad de camino entre Tampa y Orlando, con una iglesia al doblar de cada esquina. Alquilamos una pequeña casa en la parte norte de la ciudad, cerca del Lakeland General Hospital, donde mi padre comenzó a trabajar como cirujano. Había llegado a Estados Unidos sin un centavo, pero prosperó gracias a su educación y su experiencia como médico, y por eso, para mi padre, la educación era todo.

Mi educación comenzó tan pronto como llegamos a Lakeland y entré en primer grado. Mi abuelo vino de Miami Beach a visitarnos, y jugábamos con una pelota cuando esta rodó al patio del vecino. Al día siguiente, apareció una cerca de alambre de púas. A las tres semanas de habernos mudado, nos volvimos a mudar. Esa fue nuestra bienvenida al mundo pueblerino en Estados Unidos.

Elisa Albo, a los seis años, en Lakeland en la Florida—sentada con su padre en la mesa preparada para Pésaj.
Elisa Albo, a los seis años, en Lakeland en la Florida—sentada con su padre en la mesa preparada para Pésaj.

Mi educación continuó en la escuela primaria Cleveland Court Elementary School cuando un muchacho en el patio de recreo se me acercó y pidió verme los cuernos en la cabeza. Se había enterado que yo era judía y le habían enseñado que los judíos habían matado a Jesús. En otra ocasión, un hombre que regalaba copias del Nuevo Testamento no lograba que yo tomara el libro de sus manos. Le repetí, Soy judía. Creemos en el Antiguo Testamento. Había aprendido mi lección. Puedo ver su mano extendida, aquel libro que no me atreví a tocar como si estuviera electrificado.

Luego mi padre nos envió a mis hermanos más jóvenes y a mí al preuniversitario católico Santa Fe Catholic High School en lugar de a la Lakeland High School, la escuela pública. Pensaba que recibiríamos una mejor educación en la pequeña escuela privada, aunque fuera católica la escuela y nosotros no. Nos dijo: Ustedes saben quiénes son. Con eso nos quiso decir que éramos judíos.

Tremenda educación que fue esa. Había solo un estudiante de raza negra en 12 grado cuando comencé en noveno y también algunos hispanos asimilados a la cultura americana, pero nunca hablamos una palabra en español, y todos eran católicos. Había otra familia judía con niños. La muchacha estaba en mi clase. Habíamos estado durante años en la escuela dominical y en la escuela de hebreo en el Templo Emanuel donde aprendimos a leer y a hablar hebreo y donde observábamos las fiestas judías. En esta hermosa sinagoga junto al lago, cerca de una iglesia, de una universidad metodista y del Lakeland Yacht Club, aprendimos mucho acerca de quiénes éramos, pero aún allí éramos la única familia sefardí. La congregación entera era ashkenazi, originarios de Europa oriental. Éramos una minoría dentro de una minoría.

Mis padres tenían una vida social activa en Lakeland. Sus amigos eran mayormente cubanos, y celebraban juntos en grande, dando fiestas frecuentes con bandas contratadas y servicio de comida y camareros también contratados. Pero cuando daban un almuerzo o había alguna función en el Yacht Club privado, apenas a un cuarto de milla de la sinagoga en el desierto cultural que era nuestro pueblo, mis padres no podían entrar como miembros. Tenían que ser patrocinados por amigos. Hasta la década de 1980, el club estaba “restringido”: los judíos y las personas de raza negra no eran bienvenidos como miembros. Cuando finalmente fueron bienvenidos, la primera reacción de mis padres fue negarse, por principios, pero con tan pocos lugares para socializar en Lakeland, al final se hicieron miembros.

Cuando tenía dieciséis años, mi hermana y yo acabadas de llegar de la escuela y todavía en el carro a la entrada de la casa, salió mi madre a recibirnos con un sobre en la mano. “Ya son ciudadanas americanas,” dijo. Nunca me había pasado por la mente no serlo. Rara vez me acordaba de ser cubana, a pesar de la comida, a pesar del español que se hablaba en la casa, a pesar de los amigos de mis padres y de la música que tocaban en las fiestas. Yo simplemente era. Mis hermanos y yo, a diferencia de nuestros muchos primos en Miami, hablábamos inglés sin acento.

Lo que sí se nos recordaba mucho más a menudo era que éramos judíos. Incluso amigos cercanos nos veían como algo raro, único, aparte. No íbamos a la iglesia todos los domingos. Aunque no éramos totalmente kosher, no comíamos carne de puerco. Y observábamos lo que ellos veían como rituales y tradiciones extrañas—el año nuevo en el otoño, ayuno y expiación, un bar o bat mitzvah o un bris (circuncisión ritual, que mi padre realizó durante muchos años como mohel de Lakeland). El mayor problema, intuía yo, era nuestra total falta de reconocimiento, y mucho menos de aceptación, de María y Jesús. Mi padre nos había enseñado que Jesús era un gran profeta. Todos éramos hijos de Dios, y eso era todo. Mi madre dice que hasta el día de hoy, amigos cubanos cercanos, que son católicos, la señalan en la conversación: “Oye, ustedes creen …” o “La gente de ustedes no cree …”. Incluso en el sur de la Florida a principios de los noventa, recuerdo que estando yo en una fiesta con muchos artistas cubanos, algunos de ellos refugiados recientes, la conversación en español tomó un giro hacia “esos judíos” repletos de estereotipos negativos. No tenían ni idea de que estaban en un grupo “mixto”. En ese grupo, me sentí muy americana—y muy judía.

En mi último año de escuela dominical en décimo grado, nuestro maestro le dijo a la clase que sentimos nuestra identidad con mayor fuerza en ciertos momentos de nuestra vida: Cuando somos jóvenes y nos dicen quiénes somos y qué debemos sentir, cuando estamos amenazados, cuando nos casamos, cuando tenemos hijos, cuando sufrimos, y cuando estamos cerca de la muerte. Fuera de esos momentos, se nos hace difícil. El maestro se refería a la identidad religiosa, pero el ser judío no está basado solamente en la religión. Muchos judíos son laicos. Es nuestra cultura, nuestra herencia ancestral. Es quien somos, no importa si nos acogemos a esa identidad como tal o no, ni cómo lo hacemos. Cuando pienso en todas las peripecias de mis padres como inmigrantes errabundos, esa sensación de herencia se me hace especialmente clara.

Mi padre nació en Cuba, en Ciego de Ávila. De niño, se mudó con su familia de seis hermanos a La Habana y fue a la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Sus padres, mis abuelos, nacieron en Turquía, judíos sefardíes que migraron a Cuba hace cien años tras la caída del Imperio Otomano. ¿Por qué Cuba? Principalmente para escapar del servicio militar obligatorio en el ejército turco. Los jóvenes rara vez volvían a casa con vida, por lo que los padres judíos casaban a sus hijos y los enviaban fuera del país. La mayoría nunca se volvió a ver.

Victor Albo, el abuelo de Elisa Albo (el más alto de los jovenes) y sus bisabuelos en Turquía.
Victor Albo, el abuelo de Elisa Albo (el más alto de los jovenes) y sus bisabuelos en Turquía.

Además, hablaban español, o mejor dicho, ladino, un idioma que cualquier hispanoparlante puede entender. Los judíos—un pequeño grupo religioso insular—habían vivido en Turquía durante 400 años, precisamente desde la época de la Inquisición española. De hecho, Colón tuvo que cambiar su puerto de partida al Nuevo Mundo porque los judíos habían recibido un ultimátum: o convertirse al catolicismo, o irse, o morir. Mis antepasados españoles viajaron hacia el este por Europa, y se establecieron en Turquía. Otros continuaron hacia Italia y Sudamérica. A lo largo de estos recorridos, se aferraron a su español. Y así me pregunto: ¿Será el lenguaje lo que nos crea, lo que define quiénes somos?

Mi madre nació en 1942 en el norte de España, en Bilbao, la última de diez hermanos. Un año más tarde, su padre contrajo neumonía y murió. Sus padres también eran judíos sefardíes de Turquía que habían partido hacia Cuba a mediados de la década de 1920 para evitar que mi abuelo David entrara en el ejército durante lo que hoy se conoce como el genocidio armenio. En la década anterior al nacimiento de mi madre, mis abuelos se habían ido a España para escapar de la agitación política bajo la dictadura de Machado en Cuba y en cuestión de unos pocos años tuvieron que soportar una guerra civil, el fascismo de Franco y la Segunda Guerra Mundial. Los hermanos mayores de mi madre emigraron de regreso a Cuba. Ella se quedó y durante los años 40 creció en España, donde, antes de ir a unirse con sus hermanos en Cuba, la familia fingió no ser judíos, y un convento de monjas que estaba cerca ayudó a mi abuela viuda. Mi madre tenía quince años cuando conoció a mi padre, Jacobo Albo Maya.

En el poema “El primer encuentro de mis padres”, escribo cómo las tías de mis padres los presentan en una playa, cómo se casan un año más tarde y me tienen a mí y a mi hermana antes que “una revolución … los arrojara al mar”. Cincuenta y cinco años después de salir de Cuba, no “un año o dos” más tarde, Cuba sigue siendo “una isla / que nunca he conocido”. Así que, ¿soy cubana? Tal vez, pero no solo cubana.

Cuando conocí a mi esposo en una lectura de poesía en un café y librería de uso en Hollywood, Florida, nuestra conexión fue instantánea. Cinco minutos después de conocernos, le dije: “Si nos casamos, a nuestros hijos los criamos judíos.” “Está bien,” dijo, a lo que le respondí: “Ahora podemos seguir.” Él no es judío. Criado católico, a la edad de once años había dejado de practicar la religión. Para los judíos, si la madre es judía, los hijos son judíos. Nuestra hija de catorce años celebró su bat mitzvah el año pasado. Nuestra hija menor hará lo mismo el año que viene. Cuando le pregunté a su hermana cómo se identificaba, dijo: “Le digo a la gente que soy cubana.” ¿Te sientes judía? “Soy jubana”, dice, parte y parte.

Elisa Albo y su hermano en el "Florida room" de su tía en Miami Beach.
Elisa Albo y su hermano en el “Florida room” de su tía en Miami Beach.

Pienso viajar a Cuba en un futuro cercano, pero ¿qué voy a encontrar? Como digo en un poema, “¿Puedo volver a un lugar que / vive en el centro líquido de mi imaginación?” Soy una mezcla, un arroz con mango quizás para algunos, pero veo mi historia como la de una inmigrante que viaja a través del tiempo y del espacio, es decir, a través de siglos y continentes. Mi familia hizo lo que tuvo que hacer para sobrevivir y prosperar. Ahora me toca a mí asegurarme de que mis hijas hagan lo mismo y se enorgullezcan de la trayectoria que las define. Si me preguntan quiénes son, les diré:

Nos pusimos una estrella de David
durante siglos antes de ponernos
una guayabera.
Sabemos cómo irnos,
en búsqueda al cambio de los vientos,
al mapa de un nombre:
María Dolores Franco de Albo,
mi madre que no dio
a sus hijos segundos
nombres, al decir basta,
basta ya.
Nos afincamos en el estado
con el nombre en español.

La Florida, por ahora.

***

Traducción de Eduardo Aparicio
Eduardo Aparicio es traductor, escritor y fotógrafo. Nació en Guanabacoa, Cuba, y reside en Austin, Texas.

Elisa Albo nació en La Habana y se crio en Lakeland en el centro de la Florida. Su libro de poesía Passage to America relata la historia de la inmigración de la familia y fue reeditado recientemente por la Main Street Rag. También está disponible como libro electrónico. Su libro Each Day More es una colección de elegías para amigos, familiares y desconocidos. Los poemas de Elisa han aparecido en revistas y antologías, como Alimentum, BOMB, Crab Orchard Review, Gulf Stream, InterLitQ, Irrepressible Appetites, MiPoesías, The Notre Dame Review, Poetry East, The Potomac: A Journal of Poetry & Politics, y Tigertail: A South Florida Annual. Ella tiene el trabajo próximo en Two-Countries Anthology (Red Hen Press, 2017). Tiene una Maestría en TESOL (Teaching English to Speakers of Other Languages) y una Maestría en Artes de la Escritura Creativa, ambas de la Florida International University). Lleva casi 25 años en Broward College, donde imparte clases de composición, literatura, cursos de honores y ESL y ha recibido un Premio de Enseñanza y el premio como Maestra del Año. Vive con su esposo e hijas en Plantation (Fort Lauderdale), Florida.

7 responses to “El atlas de mi memoria”

  1. A beautiful story of origins, belonging, and nature of self. It moves the heart from the first sentence to the last.

  2. A lovely, unsentimental and interesting biography–Elisa fills us with sentiment through her clarity and innocence.

  3. Elise~ your writing is mesmerizing & eloquent…
    Wishing you & yours a magnificent 2017!!
    Thank you to Ruth & Richard for this sharing this one
    ♡♡♡

  4. Maria murphy says:

    I grew up next to you for many years and I am sorry I never knew you suffered prejudice. I remember attending a dinner with you at the Temple and envying the feeling of community and acceptance I felt there. I really enjoy your writing.

  5. Absolutely elegantly and richly told. i love it.

  6. Rebecca says:

    Thanks for sharing your touching story!

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