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El cubano que se repite

Sep 26, 2016

Hay muchos tipos de “puentes” metafóricos que nos conectan con Cuba. Para algunos, ir a Cuba significa regresar completamente a toda una vida que alguna vez vivieron en la Isla, una especie de viaje a través del tiempo. Para otros que tal vez vivieron solamente parte de su infancia en Cuba y han vivido enfrascados en la cultura y la comunidad cubana del exilio, el viaje no es un regreso en sí, sino el anhelo de tener una experiencia directa con la parte cubana del gentilicio compuesto (de la raya) cubano-americano. Y para otros, como Derek Palacio, el viaje es más abstracto, un descubrimiento amplio, abierto, de un derecho innato, el cual tan elocuentemente describe en el blog de este mes. Palacio visitará Cuba por primera vez este mes de octubre en un viaje con la Cuba One Foundation y señala, “El ir a Cuba no va a ser la evolución de mi relación con la Isla, sino un volver a empezar. El ir a Cuba significará nuevas ciudades, nuevas caras, nuevos cielos, nuevas realidades.” Al leer el texto de Derek, nos dimos cuenta de su probable afinidad con muchos de nuestros lectores cuya relación con Cuba y motivación para visitar la Isla son similares a las de él. Buen viaje.


por Derek Palacio

En 1960, cuatro años después de emigrar de Cuba, mi padre, Carlos Palacio, visitó Cuba con su familia por primera vez desde que se habían establecido en Hialeah. Fueron manejando hasta los cayos y se montaron con el carro en un ferry que los llevó flotando a través del estrecho de la Florida hasta La Habana. A partir de ahí, se dirigieron al otro extremo de la Isla, a Oriente, la región donde estaba el ingenio azucarero de la familia, ya vendido. Recorrieron el país, visitaron parientes y desde entonces no han vuelto.

Esta anécdota de la última visita de mi padre es uno de los pocos recuerdos que él tiene de la Isla. Tras haberse ido del país a muy temprana edad, él considera que Hialeah es su hogar de crianza. Cuando piensa en su juventud, recuerda los paisajes de Miami y del sur de la Florida, no la ciudad de Puerto Padre en Oriente en la costa norte de Cuba. Aun así, esa memoria, junto con otras de la Isla—un árbol de mango detrás de la casa de la familia, su padre a caballo, jugando a los piratas con sus primos— persiste, creo que, en parte, debido a su singularidad. Esos recuerdos son todo lo que él tiene de su breve vida en Cuba. La fuerza de esa carencia, la atracción de esos elementos que se sienten finitos, incompletos, casi como reliquias, también ha persistido, incluso se ha extendido a través de las generaciones. Ha inspirado mi propia relación con Cuba, primero como el hijo curioso de un inmigrante cubano, y ahora como autor. En retrospectiva, me doy cuenta de que esto último probablemente no hubiera ocurrido sin lo primero.

Carlos Palacio cuando era un adolescente en Miami, con su madre
Carlos Palacio cuando era un adolescente en Miami, con su madre

Puede parecer obvio que yo no habría llegado a ser escritor preocupado por Cuba o por los cubano-americanos de no haber sido cubano mi padre, o cualquier miembro de mi familia. Pero lo que realmente quiero decir es que yo no sería escritor en lo absoluto si no fuera por los recuerdos de mi padre, esas embriagantes ruinas. De hecho, la primera obra que publiqué fue un extracto de un texto que había escrito sobre la cocina cubana, un ensayo sobre cómo mi madre americana había aprendido a cocinar yuca y arroz con frijoles para mi padre, mis primeros esfuerzos de expresar mi identidad cubana en la página—publicado en una revista incipiente enfocada en la cultura latina en la universidad donde estudié primeramente. Desde entonces, mi obra, con muy pocas excepciones, se ha centrado en los cubanos y los cubano-americanos. Es el material a través del cual me he desarrollado como escritor, y esos recuerdos fragmentados de mi padre son los mitos fundacionales tanto de mi identidad de escritor como de mi ambición literaria. Quizás sea Salman Rushdie quien mejor describe este fenómeno en su maravilloso ensayo “Imaginary Homelands” [Patrias imaginarias] “…fue precisamente el carácter parcial de estos recuerdos, su fragmentación, que los hicieron tan evocadores para mí. Los fragmentos de memoria adquirieron un mayor valor, mayor resonancia, porque eran restos; la fragmentación hizo que cosas triviales parecieran símbolos, y que lo mundano adquiriera cualidades numinosas.” Los recuerdos de mi padre son sagrados para mí, precisamente porque son tales restos.

Algunos de estos fragmentos terminaron, sin mucha o ninguna alteración, en mi primera novela, The Mortifications. El recuerdo que siempre me viene a la mente cuando medito sobre mi decisión de entretejer la historia de mi padre directamente en los acontecimientos de mi narrativa es el primer viaje en tren de mi padre. De niño, cuando vivía en Puerto Padre, viajó en tren con sus padres a Santiago de Cuba y, siendo blanco, fue la primera vez en su vida que vio a una persona de la raza negra. Con la curiosidad de un pequeño, quiso tocar el pelo del desconocido. Asigno esta anécdota al padre ficticio en mi novela, quien a su vez se la cuenta a su hijo como mi padre me la contó a mí.

A Ulises le sorprendió que desde Miami tomaran un tren rumbo al norte hacia lo que los americanos llamaban Nueva Inglaterra. Los primos lejanos de Soledad vivían en Miami, cerca de Sunny Isles, y supuso que juntos harían una gran y escandalosa familia cubana. Era el segundo viaje en tren de Ulises, el primero había sido de Buey Arriba a La Habana. Uxbal le había contado una vez a su hijo su propio primer viaje en tren, desde las fincas de la Sierra Maestra hasta la costa sureste: Un niñito negro iba sentado en el asiento delante de Uxbal, y el padre de Ulises nunca había visto pelo como ese. Uxbal tenía cinco años, el niño tendría tal vez la misma edad, y Uxbal no dudó en estirar la mano y tocarle los pequeños rizos. Estaba fascinado. Sin embargo, el niñito negro dio un grito, y las madres se levantaron para agarrar cada una a su hijo. La abuela de Ulises tomó a Uxbal en sus brazos, desde donde Uxbal estiraba el cuello para ver a su víctima. El niñito negro observaba al padre de Ulises desde el asiento como un niño observa en el zoológico, Uxbal el animal enjaulado. ¿Qué le dijo la abuela de Ulises al padre de este? ¡Caca! Eso no se hace.

Más adelante en el libro, el hijo vive una situación similar durante su regreso a Cuba, aunque él no se da cuenta, y yo percibo que en esa narrativa se hace eco el deseo de hacer míos los recuerdos de mi padre.

Carlos cuando era un un niño en Cuba
Carlos cuando era un un niño en Cuba

Voy a visitar Cuba por primera vez este mes de octubre en un viaje llamado “por derecho de nacimiento/descendencia” con la Cuba One Foundation, y el viaje va a ser un reajuste de muchos tipos. Increíblemente, voy a tener la oportunidad de formar mis propios recuerdos de Cuba, de crear una relación y una conexión con la Isla que no esté filtrada a través de la experiencia de mi padre. Al mismo tiempo, sin duda se me enfrentará una realidad que complica, desafía e incluso contradice la concepción de la Isla con la que me crié (aunque por supuesto he investigado la cultura y la historia de la Isla, siempre me he inspirado en esos recuerdos de hace sesenta años). Esta coyuntura de mi relación con Cuba no es, de ninguna manera, única. Estoy seguro de que muchos, si no todos, los descendientes de exiliados cubanos tienen que enfrentarse a algo similar cuando deciden visitar Cuba.

A tal fin, también deberé hacer frente a mis propias inquietudes acerca de ser o no ser “auténticamente” cubano. Durante mucho tiempo, me preguntaba, ¿qué es lo que me hace cubano? No cocino comida cubana con regularidad, no hablo español y nunca he puesto pie en Puerto Padre. Para muchas personas, no “luzco” cubano. Al final, mi mejor respuesta (y entiendo que esta respuesta tiene sus problemas) ha sido y sigue siendo: Soy cubano cuando escribo sobre Cuba. Es una respuesta que considero emparentada con algo más que Rushdie describe en su ensayo, la creación de una “India” personal: “… mi India era solamente eso: ‘mi’ India, una versión y no más que una versión entre los cientos de millones de posibles versiones. Traté de hacerla lo más imaginativamente cierta que pude, pero la verdad imaginativa es a la vez honorable y sospechosa, y sabía que mi India puede haber sido solamente una a la que yo … estaba, digamos, dispuesto a admitir que pertenecía.” Sin haber nunca estado en Cuba, ahora puedo ver a lo largo de mi obra el deseo de escribir sobre la Isla de manera que me acerque a su historia y su gente. Me puedo ver escribiendo sobre una “Cuba” a la que pertenezco.

En este sentido, este viaje mío que se acerca también significa volver a imaginarme a mí mismo como escritor. Aunque siempre he pensado que ir a Cuba afectaría mi escritura sobre la isla, estoy empezando a ver que forzosamente tendrá que cambiarme como escritor, o mejor dicho, que yo forzosamente tendré que cambiar como escritor en respuesta a la realidad de Cuba. Ambas están inextricablemente unidas: mi atracción por la Isla y mi pasión por la página. Al principio la primera creó la segunda, y ahora es esta segunda la que debe adaptarse a la primera. No sé exactamente lo que esto significa. Lo que sé es que cuando aterrice en Santa Clara, cuando esté rodeado de las variedades del hablar cubano, cuando sienta el calor y la humedad del Caribe, cuando recorra la histórica ciudad de Trinidad, cuando visite el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso—un lugar sobre el cual he escrito—cuando entre en la Habana en carro, como lo hizo mi padre alguna vez, me voy a sentir fuera de lugar, un extranjero. He comido puerco asado en el restaurante Versailles de Miami y he saboreado los pastelitos de carne de Vicky Bakery en Hialeah, pero esos encuentros con mi herencia cultural han sido momentáneos y transitorios. A veces incluso me han parecido voyeristas, como si estuviera presenciando un legado cultural más allá de mi alcance. Todo lo cual quiere decir que no creo que nada me ha preparado ni nada hubiera podido prepararme para la totalidad de la realidad que será poner pie en la Isla. De manera que cuando regrese a los Estados después de mi viaje, voy a tener que escribir sobre Cuba con esa realidad en mente, y tendré que percibir y comprender con mayor claridad que nunca la brecha entre ese mundo y mi vida.

Antonio Benítez Rojo ha llamado al archipiélago del Caribe “la isla que se repite,” refiriéndose al constante flujo y “cambio[s] irreversible[s]” que son, según él lo percibe, innatos a la historia y las circunstancias de esa cadena de islas, entre las cuales está Cuba. Y mientras él observa que no hay nada “ni siquiera envidiable” sobre esa realidad, se puede considerar una característica definitoria de la región y de todas sus muchas partes. Encuentro consuelo en esa interpretación, porque estoy ahora al borde de un “cambio irreversible.” Voy a participar en una repetición histórica, que viajan hacia y desde Cuba como lo hizo mi padre, una práctica, afirma Benítez Rojo, “que entraña necesariamente una diferencia y un paso hacia la nada.” Espero que, al ir, comprometa al escritor que soy ahora a la nada, y espero que, a mi regreso de Cuba, me convierta en un escritor diferente.

Un tema común en las obras de ficción sobre inmigrantes es la gravedad y la dificultad de volver a empezar. Los inmigrantes deben adaptarse a nuevas ciudades, nuevos lenguajes, nuevas caras, nuevas culturas, nuevos alimentos, nuevos cielos, nuevos hogares. Tienen que comenzar de nuevo. Ahora me doy cuenta de que lo mismo es cierto de mí, el hijo de un inmigrante, y así descubro otra repetición histórica. El ir a Cuba no va a ser la evolución de mi relación con la Isla, sino un volver a empezar. El ir a Cuba significará nuevas ciudades, nuevas caras, nuevos cielos, nuevas realidades. Esto significará empezar de nuevo como escritor, buscando una manera diferente de ser cubano sobre la página, creando obra a partir mis propias experiencias y abandonar, tras toda una vida de inspiración, los recuerdos de mi padre. Estoy tentado a sentir un poco de dolor aquí, de lamentar la pérdida de una Cuba muy personal y privada. Pero mientras que Rushdie se dio cuenta de lo mucho que quería “restaurar el pasado para [sí] mismo, no en los grises desteñidos de viejas fotos del álbum familiar, sino en su entereza, en CinemaScope y glorioso Technicolor,” es mi futuro literario lo que me concierne. Es hacia esa Cuba viva, palpitante, comunal, y en “glorioso Technicolor” a la que ahora escribo.

FUENTES
Rushdie, Salman. Imaginary Homelands: Essays and Criticism, 1981-1991. New York: Penguin, 1992. [N.B. Original en inglés. Versión en español del traductor.]
Palacio, Derek. The Mortifications. New York: Tim Duggan, 2016. [N.B. Original en inglés. Versión en español del traductor.]
Benítez Rojo, Antonio. La isla que se repite: El Caribe y la perspectiva post-moderna. Ediciones del Norte, 1989.

***

Derek Palacio recibió su MFA en creatividad literaria de la Ohio State University. Su cuento “Sugarcane” apareció en The O. Henry Prize Stories 2013, y su novela corta How to Shake the Other Man fue publicada por Nouvella Books. Su primera novela, The Mortifications, será publicada por Tim Duggan Books, sello editorial de Crown, en octubre de 2016. Él vive y enseña en Ann Arbor, Michigan, es co-director, con Claire Vaye Watkins, de la Mojave School, y ejerce en la facultad del programa de MFA del Institute of American Indian Arts.

Traducción de Eduardo Aparicio
Eduardo Aparicio es traductor, escritor y fotógrafo. Nació en Guanabacoa, Cuba, y reside en Austin, Texas.

3 responses to “El cubano que se repite”

  1. I exiled to the US in the year 1960 and did not return to Cuba until 50 years later. I now travel there about every four months to install water purification systems in Cuban churches.
    I suggest that you post what you think about the Cuban Embargo after your visit.

  2. Trudy Brule says:

    What a beautiful and emotional description of your journey before your trip. I have no Cuban heritage except as a fellow human. My visit to Havana last fall was nothing less than amazing. The people are wonderful. Someday I will return to visit more than just Havana. I look forward to reading about your visit.

  3. William Dorgeloh says:

    I truly enjoyed this writing. It stirred up memories of my feelings 2 years ago when I visited Anamosa, Iowa; my birthplace 81 years ago, after not visiting there for 35 years. My family there has all passed on. I am anticipating reading another writing by Derek when he returns. Thank you for all the stories you email. They are all very interesting.

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