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Volver

Aug 24, 2016

Al acercarnos al final del verano, estamos encantados de ofrecer en nuestro blog de agosto un texto impresionante y evocador de Achy Obejas que desafía la descripción y es a la vez conmovedor y profundo. Parte poema en prosa, parte tango, parte juego intertextual, “Volver” nos pide reflexionar sobre la forma en que hablamos y pensamos sobre nuestras complejas relaciones con Cuba. Con su texto provocador y reflexivo, Achy nos deja indagando cómo nuestras palabras, entre ellas las de Martí y las de Obama, y de otros, han llegado a representar y tergiversar la isla que tanto queremos entender. Ojalá que disfruten de este texto tanto como nosotros y esperamos con mucho gusto sus comentarios.
Abrazos,
Ruth y Richard


Por Achy Obejas

Vas de regreso, vas a volver a donde empezó todo, con cuidado de establecer el obligado olvido de las circunstancias que te alejaron en primer lugar. Vas a contener la respiración y pretender que suficientes respuestas han sido proporcionadas para satisfacer tu orgullo, tu afán de estar aquí, en el umbral de lo que podría haber sido tu hogar, de no haber sido por la agitación, de no haber sido por el precio del azúcar y del petróleo en el mercado mundial, de no haber sido por la garantía de seguridad y de confort en otro lugar, de no haber sido por revolución y exilio.

Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve.

Aquí está el mar, esta joya de mar, titilando con precaución. El mar que te empapa, que te detiene de golpe, que impide tu progreso incrustado de sal. Y aquí también el mar, sus olas que te hacen perder el equilibrio y te obligan a volver a considerar lo que sabes del panorama: Una vista que fascina, la promesa de expiación a tu regreso.

Alguien dice: Pon tu boca en la mía, pon tu boca en la mía y permítenos crear una pleura para sostenernos. Pon tu boca en la mía, pon tu boca en la mía y camina con cuidado, por aquí, junto a la orilla del mar, inclinando las dos cabezas al unísono: la llanta vacía, el bote vacío, los restos de una máquina voladora. Pon tu boca en la mía, respira y no te preocupes del sabor que te deje.

¡Es un soplo la vida!

Oh, sí, has vuelto y quieres arrojarte de rodillas y besar la tierra, y abrazar las columnas de la vieja ciudad, abrazar al vecino que te recuerda cuando naciste, todavía sin exilio, sin marca de salida, ni por aire ni por mar, ni a solas ni en compañía, ni legal ni ilegal. Detrás de ti, oyes a alguien decir, Oye, ¿y qué me has traído? Pero no mires atrás, quédate aquí, diseminando emociones en nuestro saliveo compartido. Pon tu boca en la mía, pon tu boca en la mía. Titubeas al andar: obedeces este ritual—un convencionalismo que desconoces completamente—y te has rendido a este respirar de una garganta en la otra, como la gente aquí.

Más adelante, confundirás el principio y el fin del viaje, ese hacer y deshacer y volver a hacer tus maletas. Te olvidarás qué trajiste para regalar y qué trajiste para volver a poner en su debido lugar. El olvido que todo destruye. Te confundirás en cuanto a lo que has de llevarte, lo que has de aceptar, lo que has de dejar atrás. Llorarás y llorarás caminando por las avenidas y verás, al pasar, que los estudiantes en el malecón también lloran, como lloran también las madres jóvenes y los carteristas, los bisneros y los pajeros.

Alguien dirá: Pon tu boca en la mía. Y alguien más dirá: Llorando estamos porque no estabas, destruidos estamos porque no estabas, ¿cómo pudimos hablar de progreso sin tu contribución? ¿cómo pudimos contemplar la belleza del mar sin tu voz en el discurso nacional? Llorando estamos porque hay un vacío en la patria, ahí donde debiste haber estado, un vacío profundo y doloroso, un oscuro vacío que lleva tu nombre. Ahora pon tu boca en la mía y respira con cuidado, camina con cuidado, espera, pon tu boca en la mía e inclinemos la cabeza hacia el abismo, con cuidado de no caer. Pon tu boca en la mía y no te preocupes del sabor que te deje, no es nada, es el sabor de la nada, del viento, de un gran cero, de un nudo en el quipu. Pon tu boca en la mía y deja que el viento se convierta en la voz que cuente la historia en la que la gran nada eres tú.

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Tengo miedo del encuentro. Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar. Tengo miedo de decirte que te quiero y no quererte. You ever feel like nobody never understands you but you?

Cultivo. Cultivo una rosa blanca. Cultivo una rosa blanca en julio como en enero. El mar. El mar azul. El mar azul bajo los acorazados, los buques de carga, los cruceros. El mar azul bajo nosotros, bajo la llanta vacía, el bote vacío, los restos de la máquina voladora. Es una distancia corta. Una escasa extensión.

Pon tu boca en la mía.
Pon tu boca en la mía.

¿Y qué, eh, y qué?

Has vuelto para estrechar manos con todo el mundo, con los enemigos acérrimos y con los inocentes, con el amigo sincero y con el cruel que me arranca, con el público cuidadosamente escogido que han preparado para tu performance. Aprietas algunas manos con renuencia y otras con regocijo, y vas de apretón en apretón hasta que alguien te da un guión y te detienes y te fijas. Ah, claro, esto es algo que reconoces — una canción de cuna, un discurso presidencial quizá —pero coño, ¿cómo se lee ese acento? ¿Cómo vas a traer toda la elocuencia de tu corazón al momento en que la lengua se te traba y tropiezas como el turista que se enredó con la mata de tamarindo?

Cultivo una rosa blanca, carajo.

Te dispones a escribir tu autobiografía, que será una biografía colectiva de todos los que se exilaron contigo. Quieres que te comprendan, quieres la precisión, y por eso omites metáforas, omites cualquier cosa que pueda resultar confusa simbólicamente, omites la política, omites la parte sobre el exilio y tu boca en la mía. Usando una larga pluma de ganso, escribes: I have come back to extend my hand in kinship. Escribes: Sometimes the most important changes happen in small places. Escribes: The tides of history can leave people in conflict and exile and poverty. Escribes: It takes time for those circumstances to change. Escribes: The recognition of a common humanity, the reconciliation of a people bound by blood and a belief in one another… Inclinas la cabeza sobre el borde del mar, sobre el vacío oscuro.

Pon tu boca en la mía.

Es una orden, tú, ¿o no entiendes?

Exilio es realidad, bullicio; exilio es resistencia y presencia, es la carrera desenfrenada por alcanzar el éxito, el mundo de verdad; es la travesía y la entidad con que te acuestas cada noche, el tema de cada memo, de cada receta, de cada manual de instrucciones, de cada garantía y contrato. El exilio es todo, todo lo posible dentro de la posibilidad de volver.

Por fin te vas a ese varadero, el que nunca has visto, en el que naciste. En la guagua por la carretera lees todo al respecto en la guía turística: de cómo está rodeado de palmeras que surgen del agua, de cómo lo resguardan gansos enojados que graznan cuando uno se acerca. Al llegar, los colores son bellos, largas salpicaduras anaranjadas en el cielo, un circuito de orquídeas blancas redoblan sus campanas. Quieres tanto sentir, jadear ante tanta maravilla, identificarte. Quieres escuchar el graznido de los gansos, que te muerdan los tobillos y que tal vez te saquen un poco de sangre. Pero están cansados, acurrucados como gaticos a la orilla del mar. Quieres desesperadamente que alguien se te acerque y te pida que pongas tu boca en su boca y respires algo de calor, pero aquí reina la soledad, aquí la soledad impera y pronto oscurecerá. Te metes en el varadero, que está ruinoso y resbaladizo de musgo. Te dejas caer en el musgo, te haces una cama, fumas un poco. Te entretienes haciendo nudos náuticos que aprendiste en el extranjero: un nudo mariposa alpino, un nudo de camionero, un nudo de zepelín. El viento sopla a través del varadero y hace una música preciosa. Cuando te despiertas a la mañana siguiente, necesitas un momento para recordar dónde te encuentras. Decides no comer tus aprovisionamientos ni abrir tu termo. Hoy, en cambio, vivirás como los que nunca se marcharon al exilio. Cuando apartes el musgo y levantes las tablas del suelo para llegar al agua, te darás cuenta que el varadero se hizo a la mar. Te inclinas sobre el borde y, espantando los gansos a manotazos, bebes del mar, bebes y bebes el agua salada hasta que se te inflama el vientre. En julio como en enero, cultivo. Este es un dolor con el que puedes vivir.

***

Achy Obejas es una escritora y traductora. Su nuevo libro, The Tower of the Antilles (La torre de las Antillas) será publicado por Akashic Books el año que viene. Actualmente es la co-directora del programa de maestría en traducción, el cual fue concebido y fundado por ella, en Mills College. Para más información sobre el programa, vaya a http://www.mills.edu/mfa-translation. Para más sobre Achy, visite www.achyobejas.com.

Traducción de Eduardo Aparicio
Eduardo Aparicio es traductor, escritor y fotógrafo. Nació en Guanabacoa, Cuba, y reside en Austin, Texas.

3 responses to “Volver”

  1. bellísimo, mil gracias, this arrived in my inbox just as i’m preparing to depart…

  2. Yosie Crespo says:

    La decisión sobre el significado del regreso depende del contenido, es cuando uno se plantea el regreso que sucede el regreso…aquí Achy nos conduce al regreso y la siguiente posibilidad es evidente. Geografía de un espacio que se abre. Mis felicitaciones para A. Obejas y Eduardo Aparicio por tan importante traducción.

  3. Captivating piece, Achy. Masterful.

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