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Mi verdad sin sesgo

May 13, 2016

Estamos encantados en compartir este evocador texto de Caridad Moro-Gronlier que escribe con amor sobre las complejidades de la relación con su madre en el contexto de la dinámica familiar. Atrapada en un triángulo emocional entre su madre y su primo Pepe, que se quedó en Cuba, Caridad reflexiona sobre el poder del lenguaje en las relaciones, ya sea en su construcción, su restablecimiento o su reparación, por medio de palabras que nos liberan con honestidad y nos permiten descubrir empatía por nosotros mismos y por nuestros prójimos. En contraste, Caridad también habla del precio del silencio que nos puede aprisionar dentro de nosotros mismos. Esperamos que disfruten de este texto en su forma original en inglés, así como de la hermosa traducción al español de Eduardo Aparicio.


Por Caridad Moro-Gronlier

Toda mi vida, amigos y desconocidos han señalado lo mucho que me parezco a mi madre, pero los que realmente me conocen saben que mi parecido con ella no se extiende a nuestra manera de comportarnos. Para su gran desagrado, mi madre nunca ha entendido mi necesidad de revelar mis pensamientos y emociones de manera tan constante (tan implacable, diría ella). Ella es la personificación de la compostura y la reserva. Nunca se me hizo esto más patente que en marzo del año pasado, durante uno de nuestros almuerzos mensuales para compartir chismes y quejas en un restaurante lleno de jazz del Miami Design District. Llevábamos allí varias horas, las mejillas sonrosadas por el vino y el risotto, apaciguadas por la cadencia de bromas compartidas de buena gana, nuestra conversación mezclada con fragmentos de información que habíamos guardado para compartir una con la otra, pero no fue hasta el momento en que empecé a revolver el azúcar prieta en mi cafecito que ella me soltó la bomba más grande del día.

—Por poco se me olvida, —dijo—. Cuando tu tía estuvo en Cuba el mes pasado fue a ver a Pepito y él le dio un correo electrónico donde le podemos escribir. ¿Lo quieres?

Pepe, el filósofo, el académico, el profesor de inglés que siempre ha sostenido que sueña en sonetos.

Pepe, el querido primo hermano que ella se vio obligada a dejar atrás. Un año mayor que ella, a los dieciséis años se le consideraba apto para el servicio militar y, como tal, no apto para recibir el permiso de salida. El contratiempo lo arraigó al lugar y lo convirtió en el tronco de nuestro árbol genealógico, podado de todas excepto unas de sus pocas ramas floridas.

La ultima fotografía que tomo la madre de Cary, Mercedes, con Pepe en Junio de 1964 antes que ella y su familia salieron de Cuba. Mercedes es la niña a la izquierda y Pepe es el niño más alto a su lado.
La ultima fotografía que tomo la madre de Cary, Mercedes, con Pepe en Junio de 1964 antes que ella y su familia salieron de Cuba. Mercedes es la niña a la izquierda y Pepe es el niño más alto a su lado.

Nunca nos hemos conocido. Todas las imágenes que he visto de él están desprovistas de color de modo que no sé el color exacto de su pelo ni de sus ojos. Nunca he oído el timbre de su risa ni la cadencia de sus pasos. No sé si su nariz se enrojece cuando llora o si se pone a silbar para evitar la rabia. Nunca lo he recibido con un beso en la mejilla, ni le he apretado la mano en un adiós.

No obstante, cualquier anhelo que yo guardo por Cuba en mi corazón está atado a él.

—Por supuesto que sí quiero que me lo des, —le dije, fuera de quicio—, pero ¿por qué has esperado tanto para decírmelo?

—Escríbele pronto, —contestó mi madre, ignorando mi regaño—. Le va a encantar saber de ti.

Nuestra amistad poco probable comenzó poco después de yo cumplir los diez años. Nos pasamos tres años intercambiado cartas. Cartas bellas que llegaban en sobres de correo aéreo con marcas en rojo y azul por el borde, tatuados con una gran variedad de sellos, su largo viaje confirmado por el cuño azul de la silueta de un avión, hasta el día de hoy, las únicas alas que me han llevado a La Habana.

Las cartas de Pepe estaban llenas de preguntas acerca de mis esperanzas, mis sueños, mis deseos, mis miedos, todo en un intento por conocerme: “¿Qué asignatura es la que más te gusta en la escuela?” “¿Qué te gustaría estudiar en el futuro?” “¿Qué libros estás leyendo?” “¿Quiénes son sus mejores amigos?” “Y tu hermano, ¿qué tal es? ¿es bueno contigo?” Preguntas que nunca contestaba exactamente.

Cary escribiendole a Pepe, 1979.
Cary escribiendole a Pepe, 1979.

Que yo sepa, mi madre nunca ha leído a Emily Dickinson, pero en aquel entonces, cuando me tocaba redactar una respuesta, ella me enseñó a darle la vuelta a las cosas: “di toda la verdad, pero dila sesgada.” Su censura era benévola, pero absoluta. Revisaba mis cartas para corregir acentos mal puestos, verbos conjugados torpemente y cualquier información susceptible de perturbar esa gran monstruosidad cubana: El qué dirán.

En pocas palabras, El qué dirán era el entendimiento tácito de que nuestros actos estaban destinados a ser juzgados, escudriñados y criticados por todos nuestros conocidos, y, posiblemente, incluso por desconocidos. Bastaba que mi madre levantara las cejas para regular mis palabras, mi comportamiento, y yo vivía con el omnipresente miedo de decepcionarla, de exponer a toda mi familia a las llamas de la desaprobación y el chisme. Renglón por renglón, mis cartas se reducían hasta que eran poco más que boletines de chachareo. Mis hojas de escribir cartas con adornos de Hello Kitty quedaban asépticas, restregadas de manera a borrar cualquier error, miedo, ira, pesar; tan restregadas hasta no quedar nada de mí. El mensaje estaba claro: La verdad podía fácilmente volverse traicionera, y empecé a editarme a mí misma a fin de proteger mis cartas de la inspección de mi madre con su precisión de rayos láser.

Quería decirle a Pepe que, sí, que quería mucho a mi hermano, pero que cada vez que se levantaba de la mesa del comedor y se parqueaba frente al televisor, dejándome a mí para que limpiara la mesa y fregara los platos, lo quería un poco menos. Pero no se lo dije. Quería decirle a Pepe que podía sentir que la sangre se me iba a las manos y se me montaba a la cara cada vez que veía a mi padre repartir dinero a mi madre una vez por semana, dándole apenas diez dólares que ella solía gastarse en nosotros más que en sí misma. Pero no se lo dije. Quería decirle a Pepe que cada vez que hacía algo que enojaba a mi padre, este me ignoraba durante semanas, y que su silencio me dolía más que si me hubiera dado una tunda. Pero no se lo dije.

Alrededor de los trece años, decidí que el enfoque de mi madre en la diplomacia era insostenible. Yo ya no podía participar en borrarme a mí misma, ya que el grueso de todas las oraciones que no escribía me llenaba la boca del estómago, hasta que ya no podía ahogar las palabras que no se me permitía compartir con Pepe. Decidí, simple y llanamente, dejar de escribir. Para citar a Robert Hayden, “¿Qué sabía yo?”

Era fácil echarle la culpa a mi madre, poner mi desprecio a los pies de su miedo: el miedo a ser juzgados, el miedo a causarle algún daño a Pepe sin querer. Era fácil mirar con desdén uno de los principios centrales de su vida, que el lobo estaba siempre acechando a la puerta y que, como resultado, teníamos que tener cuidado, proteger nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras convicciones, porque esas cosas nos hacen vulnerables y tienen el poder de traernos problemas.

Me llevó más años de los que quisiera admitir darme cuenta que el miedo de mi madre era la piedra angular de mi valentía. Es cierto que siempre me tenía la mirada puesta por encima del hombro, que me tachaba frases que podrían haber sido mal interpretadas o que hubieran podido parecer ofensivas, pero también se ocupó de afilarle la punta a mis lápices y de suministrarme sellos y me proporcionó la protección y seguridad de su amor, sin importar cuánto peleáramos sobre qué dejar y qué quitar. Mi madre fue mi primera editora, mi crítica más feroz, y hasta el día de hoy, mi más leal seguidora, siempre bellamente vestida y con el más firme aplomo, su rostro iluminado por una sonrisa de un millón de megavatios que me dirige desde la primera fila en todas y cada una de mis lecturas de poesía.

Cary y su madre, 2015.
Cary y su madre, 2015.

Treinta y cinco años después, puedo decir que me convertí en una mujer que vivo como me plazca, que digo lo que pienso, que estoy libre de las ataduras de El qué dirán. Sin embargo, mientras enfrento el cursor parpadeante de la pantalla en blanco que es el correo electrónico que he empezado a escribirle a Pepe, me doy cuenta que el miedo no es fácil, que se ha filtrado en la piel de manera inesperada y que empaña lo que siempre he creído de mí misma. A pesar de toda mi bravura, no sé cómo empezar. No porque no tenga mil cosas que decir, sino porque de repente, me siento coaccionada por una pregunta: ¿Qué dirá Pepe de mí?

“Habrá tiempo, habrá tiempo. / De preparar el rostro para conocer los rostros que te encontrarás.” Así dice T. S. Eliot, y eso es exactamente lo que hago “Preparo el rostro” para Pepe—pongo la cara de la profesora que he llegado a ser de adulta, moldeada en parte por su ejemplo; el rostro de la poeta cuyo amor por la poesía comenzó desde niña, inspirada en el ejemplar de La Edad de Oro que él me envió hace tantos años; el rostro de la madre en que también me convertí, orgullosa de un hijo tan inteligente y de tan buen corazón que vivo siempre sorprendida de saber que sus huesos se forjaron dentro de la extensión de mi cuerpo; el rostro de una hija, que recuerda las palabras de su madre y que todavía anhela hacerla sentirse orgullosa, que se preocupa del peso de la verdad que estoy reacia a revelar.

No le digo nada a Pepe de mi doloroso divorcio de una década atrás, ni que dejar a mi marido, un hombre bueno a quien todavía quiero y que todavía me quiere también, fue una de las cosas más aterradoras y más difíciles que jamás haya hecho. No le digo a Pepe que superé el terror de que me llamaran dyke, lesbo, tortillera, porque me sentí acogida en el abrazo de mi familia (sí, incluso de mi padre) que me ha querido simplemente por ser quien soy. No le digo que estoy felizmente casada de nuevo. Ni le digo el nombre de mi esposa.

Su respuesta es rápida y efusiva, y llena de preguntas, igual que antes. Me dice que hay mucho que pudiera escribir sobre su pérdida y dolor, pero en cambio me cita a Kipling:
“ . . . perder, y empezar de nuevo desde el principio. / Y nunca pronunciar palabra acerca de tu pérdida”, un verso que me da de golpe como un puño.

¿Cómo es posible que yo no recuerde ni una sola carta en la que él se haya quejado? A todo lo largo de nuestra correspondencia, nunca, ni una sola vez, se quejó de sus carencias, de sus deseos, de su tristeza, de su rabia. Quizás peor sea el hecho de que nunca se me ocurrió preguntarle. Podría atribuir mi miopía al egocentrismo infantil, y en parte lo fue, pero esto también demuestra la trascendente naturaleza de la censura, cómo ésta matizó no solo mi miedo de decir, sino también mi miedo de preguntar, mi miedo de saber.

Una carta de Pepe.
Una carta de Pepe.

Ya no siento miedo cuando aprovecho el verso que Pepe me ha lanzado. Me lo acoplo a la base dock de mi corazón y me doy cuenta que sus palabras proporcionan justamente el ducto que necesito para enviarle mi verdad sin sesgo.

“Olvídate de Kipling,” le escribo, “por muy bello que su consejo pueda ser, creo que es hora de que los dos podamos exhalar. Ha llegado el momento de respirar, de librarnos de nuestra pérdida. Mejor hagámosle caso a Mary Oliver: “Cuéntame de tu desesperación, la tuya sola. Y yo te contaré de la mía.”

“Voy a empezar yo primero,” le escribo, “Mi esposa se llama Elizabeth.”

***

Caridad Moro-Gronlier es autora de Visionware, publicado por Finishing Line Press como parte de su serie New Women’s Voices Series. Le han conferido becas de Elizabeth George Foundation Grant for Poetry y de Florida Individual Artist Fellowship por su poesía. Sus proyectos recientes incluyen Pintura/Palabra Project— Our America: The Latino Presence in American Art, en colaboración con The Smithsonian Institute y Letras Latinas. Su obra ha aparecido en The Notre Dame Review, The Comstock Review, The Crab Orchard Review, MiPoesias, Lunch Ticket, Diverse Voices Quarterly, The Meadowland Review, The Stonecoast Review, Storyscape Journal, Tigertail, A South Florida Poetry Annual, This Assignment Is So Gay: LGBTIQ Poets on the Art of Teaching, The Lavender Review, entre otros. Es Editora en Jefe de Orange Island Review, así como profesora de inglés en el Miami Dade College e instructora de inglés en programas de doble matrícula en las Escuelas Públicas del Condado de Miami Dade en Miami, Florida, donde reside con su esposa y su hijo.

Eduardo Aparicio nació en Guanabacoa, Cuba, y reside en Austin, Texas. Es escritor, traductor y fotógrafo.

3 responses to “Mi verdad sin sesgo”

  1. Johnny Diaz says:

    Thank you for beautifully sharing your truth, Caridad. I was in emotional suspense as I kept reading, all the way to the end. I hope you and Pepe are emailing each other like crazy. (And you really do look like your mom!) 🙂

  2. moms2398 says:

    Caridad’s writing always draws me in. No contemporary writer is able to grab me the way she does. The last line of this, however, brought tears to my eyes.

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