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Esta necesidad de los puentes

Apr 18, 2016

Cuando empezamos este blog, queríamos ver como la idea del puente a Cuba había cambiado durante los últimos veinte años, como ese puente ahora se movía “a” Cuba y “desde” Cuba. Este mes nos da mucho gusto presenter un ensayo bello y conmovedor de Dazra Novak quién escribe desde la Habana sobre lo que significa el puente para ella. Recreando el juego de los escondidos de su niñez, durante los finales de los 80 y principios de los 90, le lleva a refleccionar sobre la tristeza de la despedida de amigos que se fueron de la isla. Pero se consuela tejiendo una manta de memorias de La Habana en su blog, Habana por dentro, que empezó en 2013, creando un puente virtual que se mueve en las dos direcciones. Esperamos que disfruten de este ensayo y que vean su maravilloso blog, que ha encontrado lectores cubanos dispersados por todo el mundo.
Abrazos,
Ruth y Richard


por Dazra Novak

Apenas nueve o diez años y mi única obligación era ir a la escuela. Mirar los muñequitos. Encontrarme a los amigos una vez hechos los deberes escolares. Recuerdo el juego de los escondidos, mi favorito, desde que caía la tarde y, con un ganchito de suerte, hasta la hora de la telenovela. Eso sí, cuando sonaba el grito de mamá, había que recogerse.

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Como todo grupo teníamos al ingenioso, a la coqueta, al divertido, a la estudiosa, al lento, al entusiasta y al más bonito, que además, tenía familia en el extranjero (un boleto que valía, según quién lo mirara, para volar al paraíso tanto como al infierno). Yulay era su nombre. Ya saben, por el mes de julio en inglés.

La ausencia al juego de los escondidos era solo justificable con un buen catarro, la dolorosa pérdida de un diente, una fiebre altísima, un rotundo castigo. Yulay, además, gozaba de licencia para faltar a nuestros encuentros cada vez que le llegaba de visita la familia del norte.

Reaparecía, una semana después, con un chicle que no dejaba entender lo que decía. Coloridos tenis nuevos con tremendo swing. Perfume que nos mareaba mientras le pedíamos prestada la goma de borrar con forma de arbolito de Navidad y admirábamos, no sin un toque de envidia, aquellas libretas a rayas ¡con todo y margen de fábrica!

Al principio, un tácito abismo nos separaba. Hasta que, mermados los insumos y los humos, volvíamos a ser víctimas de la escasez y el desenfado. Volvíamos a ser chiquillos malcriados correteando a las escondidas. Regalándonos besitos inocentes. Intercambiando los papelitos de caramelos –sin caramelos-, y de chiclets –sin chiclets-, para nuestras respectivas colecciones.

Éramos niños, ingenuos. Y más, éramos un piquete feliz. Hasta ese día en que, jugando a los escondidos como siempre, me tocó contar hasta cien y los fui descubriendo uno por uno: tú, escondido tras la palma; tú, tras el moskvitch; tú, tras el muro desconchado, tú, encima del tanque del agua; tú, en la mismísima entrada del solar. Los vi. A todos descubrí… menos a Yulay.

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Lo imaginé flotando. Lo soñé gritando mi nombre. Lo presentí muerto. Lo perdoné en mi recuerdo de niño ostentando chiclet y tenis nuevos. Extrañé su olor. Lo añoré acodado en mi ventana aquellas veces en que yo, despechada por su abandono al elegir a su familia por encima de mí, no quise jugar. El primer amor de mi vida, qué horror, se había lanzado a ese mar que antes había sido inofensiva playa.

Transcurrieron veinte días como veinte años. Hasta ese momento poco sabía yo de la Base Naval de Guantánamo. ¿Con quién habrá jugado a los escondidos los meses que pasó allí? ¿Habrá pensado en nosotros en medio de su siniestra travesía? ¿Nos extrañaría? ¿Nos recordaría ahora que tenía chiclet todo el tiempo y zapatos nuevos y mucho perfume y libretas rayadas con márgenes de fábrica?

Nunca recibí respuestas. Nunca me llegó una carta. Nunca fue lo mismo, a partir de entonces, el juego de los escondidos. Juego maldito tras el cual siguieron desapareciendo, ocultos tras un avión, una balsa, una visa, una reclamación, un matrimonio por conveniencia, amigos de la secundaria, del pre-universitario, de la universidad. Amigos de toda la vida. Recién conocidos. Y hasta los amigos que nunca me permití llegar a conocer, por miedo a abrir los ojos un día y no encontrarlos más.

Aquellos no eran puentes en realidad, eran solo pasajes de ida. No eran puentes, eran balsas perdiéndose en un mar de muerte. No eran puentes, eran el olvido mismo en forma de coca cola. Cómo podían serlo si los verdaderos puentes tienen la función de unir tierras, no coartan la partida ni excluyen el regreso, se miden en kilómetros, nunca en ausencias.

Por eso un buen día, caminando por mi ciudad una y mil veces recorrida, me dije, voy a tenerles el recuerdo listo, solo por si acaso… por si algún día… Comencé mi blog Habana por dentro y lo llené de Malecón, avenida 23, Jalisko Park, juegos de dominó, café con chícharo, zanqueros, rumba, raspadura, piropos, Habana vieja, almendrones, aguaceros, pregones, qué bolá.

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Me sorprendieron con respuestas desde los más recónditos lugares. “La Habana se extraña”, me dicen, “no sabes cómo se extraña Cuba”. “No dejes de escribir, te leo y siento que voy hasta allá al menos un momentico. Y río. Y lloro. Y me acuerdo, gracias”. Por eso, a pesar de las carencias y los obstáculos, de los resabios y la incertidumbre, yo insisto en remover los recuerdos, dibujar otro mapa, decir lo que aprendí después de tantos años diciendo adiós: no es solo mía esta necesidad de los puentes.

Fotografías del barrio La Ceiba de Dazra Novak.

Dazra Novak (La Habana, 1978). Narradora. Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio Pinos Nuevos 2007 por el libro Cuerpo Reservado (Cuento, Ed. Letras Cubanas, 2008). Premio David y Premio Especial Cabeza de Zanahoria 2007 por el libro Cuerpo Público (Cuento, Ediciones Unión, 2009). Premio UNEAC de novela Cirilo Villaverde 2011 por Making of (Ediciones Unión, 2012). Cuentos suyos aparecen en numerosas antologías, entre otras: Como raíles de punta (Ediciones Sed de Belleza, 2013, selección, prólogo y notas de Caridad Tamayo Fernández), Ladrón de niños y otros relatos (Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar, Letras cubanas, 2012), Hasta Feldading no paro y otros relatos (Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar, Letras cubanas, 2011). Es autora del blog Habana por dentro y columnista de la revista digital Cuba a contraluz en la sección Pasaje de regreso. Colaboró con la desaparecida Cuba Contemporánea y con la revista Cubahora en las respectivas secciones personales Letra de molde y Una palabra.

One response to “Esta necesidad de los puentes”

  1. Bessy Reyna says:

    What sweet story. Reminds me of the yard next to my abuelo’s house where there were old tires piled up and we hid inside them or try to run on the piles without falling. Thanks for publishing it.

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